LA PAZ Y EL ARTE COTIDIANO DE SOBREVIVIR AL TIEMPO, 217 AÑOS DEL GRITO LIBERTARIO

Foto: GOBCOM

GOBCOM, miércoles 15 de julio de 2026.- La Paz no duerme; late al ritmo de un país fragmentado que encuentra en ella su punto de unión, desafiando a la gravedad. Desde las gélidas montañas andinas hasta el calor de su Amazonía, es el epicentro donde se cruzan las vidas de los nueve departamentos de Bolivia, tejiendo un mapa humano tan complejo como su propia topografía.

Las calles no solo conectan la geografía de un país entero, sino que guardan el eco de las revueltas sociales que moldearon su historia. Lejos de rendirse ante el caos o el peso del pasado, el paceño se reinventa cada amanecer, transformando el rugido de la protesta en el motor cotidiano de su supervivencia.

Entre el eco de los petardos y el asfalto herido, La Paz conmemora 217 años de su grito libertario. Y es que esta efeméride llega tras semanas de asfixia: un cerco de bloqueos y protestas radicales que aislaron a esta urbe y a El Alto. Las calles, convertidas en escenarios de confrontación, reflejaron el giro de un sindicalismo que abandonó las demandas sociales para buscar objetivos políticos, detonando en la exigencia de renuncia ilegal del presidente Rodrigo Paz Pereira, que no lograron conseguir.

Bajo la bandera de una supuesta defensa del pueblo, los bloqueos ocasionaron un descalabro económico que supera los 2.000 millones de dólares. Detrás de los fríos números, el sector empresarial todavía no cuantifica el total de los cierres definitivos, la falta de combustible y materias primas; que empujó a miles de microempresarios y gastronómicos a la quiebra técnica, obligándolos a desaparecer en algunos casos.

Sin embargo, esto no amilana al pueblo paceño, que una vez más resurge de sus cenizas como el ave fénix. En un solo latido, los corazones de La Paz y El Alto se unen para salir adelante; una complicidad colectiva donde cada habitante aporta su propio grano de arena.

Volar entre La Paz y El Alto, y viceversa, es la rutina diaria de quienes usan el teleférico, un mirador en constante movimiento y vitrina desde donde se exponen fracturas de la metrópoli. Arriba, en las zonas altas, están los barrios populares; abajo, se asientan los más acomodados. Una desconcertante división social dictada por la altitud.

El ñeque de sus habitantes es el impulso para emprender en negocios y oficios curiosos, divididos entre la tradición mística y la creatividad urbana de la Sede de Gobierno, que transforma las crisis políticas o económicas en oportunidades, demostrando una enorme creatividad para el comercio y el sustento diario.

La Paz está envuelta en misterios, basta mencionar a la calle Jaén, famosa por sus leyendas de aparecidos, fantasmas y su arquitectura colonial, la Casa de Murillo, donde se lee la histórica Proclama de la Junta Tuitiva cada 15 de julio.

El turismo interno en La Paz vive una estrecha alianza con su gastronomía tradicional. En esta región, viajar implica redescubrir la identidad andina a través del paladar, desafiando el frío con ingredientes emblemáticos como el chuño, el maíz, las habas y selectas carnes locales. Así, la cocina paceña se convierte en el puente definitivo entre el viajero, el territorio y la cultura.

Esta ciudad ha sido testigo de varios episodios históricos en el país, desde la llegada del Papa Juan Pablo II en 1988, la Guerra del Gas en octubre de 2003, la visita del Papa Francisco en 2015 y los conflictos postelectorales de octubre de 2019; hasta el último suceso de conflicto: los 53 días de violentos bloqueos y protestas.

Arriba, el Faro Murillo en la ciudad de El Alto, un mirador limítrofe donde se realiza el encendido de la Tea de Murillo, es un punto con una vista panorámica espectacular y sagrada, donde se rinde tributo cívico y ritual a la Pachamama. Y en la noche, un cielo estrellado invertido de luces rutilantes hechizan al espectador.

El Alto no solo destaca por ser una de las ciudades más altas del mundo; vuela con ingenio, no duerme, es productiva e innovadora, gracias a la determinación de sus habitantes, desde los cielos resaltan las torres de las iglesias edificadas por el extinto padre Sebastián Obermaier.

En este paisaje urbano, resulta imposible ignorar los cholets. Sus fachadas estallan en tonos fucsias, verdes ácidos, turquesas, naranjas y dorados, una paleta vibrante inspirada en los hilos brillantes de los aguayos y las mantas andinas. Más que arquitectura, estas estructuras son el símbolo vivo de la prosperidad de los nuevos qamiris, la pujante élite aimara.

Éstas, son solo algunas “fotografías” de La Paz, y más allá de la riqueza de su historia, de su cultura, de su paisaje y geografía, se resalta a su gente ‘chukuta’ que, día a día, a pesar de las adversidades, se levanta cada mañana para poner el pecho a los problemas y aporta al desarrollo del país; esa gente que tiene la capacidad de reinventarse y buscar el bienestar de su familia, de sus hijos; esa gente resiliente que, a pesar de las caídas, se pone de pie y sigue caminando.